A cuchillo en Palacio

Por: Germán Vargas Lleras para el periódico El Tiempo

Nunca antes habíamos visto un uso tan descarado del aparato público con fines electorales.

Debo confesar que no podía dar crédito al escuchar esta semana a una funcionaria despedida de la Presidencia de la República decir al aire que en palacio había que andar con cuchillo para defenderse de un gobierno y un Presidente en campaña. Lo cierto es que la frase, aunque dura, resume con precisión lo que está ocurriendo en el Palacio de Nariño y en gran parte del aparato estatal: un gobierno que se ha convertido en maquinaria electoral permanente.

Nunca antes habíamos visto un uso tan descarado del aparato público con fines electorales. Lo que antes se ocultaba o se hacía con cierta discreción, ahora se ejecuta sin pudor, con órdenes expresas desde la Casa de Nariño y con la participación activa de ministros, directores de entidades, gobernadores y alcaldes aliados.

El presidente Petro ha dado la orden clara: todo el Estado debe estar en modo campaña. Y así se está cumpliendo. Ninguna entidad puede escapar al modo campaña que ha sido ordenado en forma clara y contundente y se ejecuta con precisión de relojería a todos los niveles del Estado.

Desde la entrega de bonos, subsidios y auxilios en zonas estratégicas, hasta la inauguración de obras inconclusas o la promesa de nuevas inversiones justo en regiones donde se necesitan votos. Desde el uso de los recursos de la Presidencia para actos masivos disfrazados de “gobierno en los territorios”, hasta la presión sobre funcionarios para que participen en eventos políticos o para que firmen adhesiones públicas.

Lo más grave es que esta instrumentalización del Estado no solo viola la neutralidad que exige la Constitución y la ley, sino que pone en riesgo la democracia misma. Cuando el gobierno usa los recursos públicos para perpetuarse en el poder, se distorsiona la competencia electoral y se vulnera el principio de igualdad de condiciones entre los candidatos.

Y lo que es peor: se normaliza la idea de que el Estado es propiedad del gobernante de turno. Se confunde el interés público con el interés partidista. Se confunde el gobierno con la campaña. Y se confunde la institucionalidad con el clientelismo.

El caso de la funcionaria despedida es solo la punta del iceberg. En Palacio, según ella, reina el miedo, la desconfianza y la paranoia. Quienes no se alinean con la línea oficial son apartados, despedidos o marginados. Quienes sí se alinean reciben beneficios, ascensos y prebendas. Es el clásico esquema de “o estás conmigo o estás contra mí”.

Y mientras tanto, el país asiste atónito a esta conversión del gobierno en una estructura de campaña permanente. Con el agravante de que el presidente, en lugar de gobernar, dedica gran parte de su tiempo a atacar a sus contradictores, a polarizar y a preparar el terreno para lo que él mismo ha llamado “la segunda vuelta” en 2026, aunque sea a través de sus aliados.

El uso electoral del aparato público no es nuevo en Colombia, pero nunca había alcanzado este nivel de descaro y sistematicidad. Nunca había sido tan evidente que el Estado se ha puesto al servicio de un proyecto político y personal.

Es hora de que la ciudadanía, los órganos de control y la justicia pongan un freno a esta deriva autoritaria. Porque si no se detiene ahora, el riesgo es que las próximas elecciones no sean libres ni justas, sino un mero trámite para legitimar lo que ya se está cocinando desde el poder.

El país no merece un gobierno que use el Estado como arma de campaña. Merece instituciones neutrales, recursos públicos bien administrados y un presidente que gobierne para todos, no solo para sus seguidores.

GERMÁN VARGAS LLERAS
*Secretario ejecutivo de la Fundación Carlos Lleras Restrepo*
1 de febrero 2026
Fuente: El Tiempo

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